El juez dictó sentencia y fue peor de lo que había imaginado, un terror incontrolable comenzó a diluirse por mi sangre junto con un pánico inimaginable.
El miedo se apoderó de mi. No sirvió de nada llorar y pedir piedad ya que mi castigo no quiso cambiar. La desesperación fue mi peor y único aliado pues el juez me condeno a estar enamorado.